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"Yo
misma como víctima. El camino hacia el compromiso."
Eva Ventín |
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Yo misma como
víctima. El camino hacia el compromiso.
Cuando tenía
once años acudí con mi padre a mi primera manifestación del "1º de
Mayo" en Vigo.
Cuando
volví a casa, entusiasmada, le comenté a mi madre que cuando fuese
mayor sería sindicalista. A ella le horrorizó aquel proyecto de
futuro, nada propio para una mujer a su entender y la reprimenda fue
monumental.
No me detuve
(bajo las sospechas acertadas de mi madre). Mi
compromiso me llevó hasta el sindicato en el que trabajé casi once
años (de forma oficial). Mi trabajo lo compaginaba con mis estudios
de “Diplomada en Relaciones Laborables” en la Universidad de Vigo,
porque estaba segura de que serían la herramienta para el compromiso
social en la defensa de los derechos del eslabón más débil. Creía
firmemente que mis estudios serían una aportación más al sindicato.
Durante años mi comida principal la hacia en el autobús que iba
desde mi centro de trabajo hasta la facultad. No fue fácil, pero
estaba segura que aquel era el camino.
Paradójicamente cuando terminé mis estudios me quedé en la calle:
sola y enferma. Me había convertido en víctima. En una víctima
más. Con el mismo sufrimiento y con la misma pregunta de ¿por qué?,
rondándome en la cabeza. Por entonces de esto del mobbing poco se
sabía.
La mayoría
de las veces, las víctimas no podemos probar nuestro acoso y tenemos
que salir por la puerta de atrás y con mucha prisa. Recuerdo el
día que me despedí. Días antes decidí que ya estaba bien de
humillaciones. Después de firmar los papeles de mi liquidación me
despedí de alguno de mis compañeros y compañeras con una entereza
forzada.
Cuando subí
al coche con la carta de despido en la guantera no puede reprimir
las primeras lágrimas y a medida que avanzaba, y dejaba atrás el
sindicato, mi proyecto de vida, fui desbordada por un llanto amargo
que no podía controlar. No veía la carretera. Aparqué en la cuneta
y durante mucho tiempo, quizás más de una hora, me abandoné a las
lágrimas. Cuando vuelvo a ese día, como ahora, me pregunto cómo
pude llegar a casa sana y salva.
Hoy, a pesar
de los malos presagios de aquel día, estoy de pie. Sigo adelante
con el que fue mi proyecto. Mi vida no acabó aquel día y es
más creo que mi huida fue lo mejor que me pudo haber pasado. Me
caí, salí huyendo y vuelvo a ser yo. Me embarqué en la lucha contra
el mobbing. Participando activamente en su erradicación he crecido
como persona y como profesional. He reconducido mis energías
negativas lo que me permite no añorar el horror vivido en lo que yo,
ya entonces, llamaba mi campo de concentración particular.
A veces las
víctimas nos negamos a ver la única puerta que nos queda cuando ya
hemos llegado al dichoso punto sin retorno, donde ya todo
está viciado de dolor, de calumnias, de cobardía...Creemos que esa
huida es darles la razón, pero es que, puede ser, que en ese
momento ya la tengan. Ya nos han dañado sicológicamente y es
suicida, creo, mantenernos en el campo de batalla cuando la cabeza
ya está separada del cuerpo. Huir, si. Sin vergüenza, sin
remordimientos, sin sentirnos cobardes y sobre todo sin sentimientos
de culpa...Nos mandan a casa con profundas heridas de guerra. Una
guerra a la que no nos presentamos como voluntarios.
Es cierto
que sin un juicio no existirá resarcimiento moral y sin juicio que
demuestre lo contrario, circularán los rumores y nuestra
credibilidad estará en el aire...que esa es otra.
Y cuando
nos recuperemos, ¿qué pasará?. Nos animan a que perdonemos porque
con el perdón nos curaremos. Pero no es tan fácil. Nos cuesta.
Y quiero acordarme en este momento de una compañera de AGACAMT en
Ferrol que dice que cada mañana, cuando se levanta y se toma su
medicación para paliar los efectos de su hostigamiento, cada
pastilla se la dedica a su acosador. Y así día tras día. Y quizás
esa imposibilidad de olvido le siga pasando factura. Yo tampoco
perdono ni olvido. Aún no puedo. Y cada vez que salgo en un medio
de comunicación, cada vez que organizo una concentración en contra
del acoso, ahora mismo que escribo estas líneas, me acuerdo
secretamente de ellos y creerme que me alivio.
Es
necesaria la unión de los trabajadores y trabajadoras, es decir, de
las víctimas que somos todos y todas y solamente esta unión
permitirá erradicar esta lacra. Que nadie piense que por librarse
una vez estará libre para siempre.
EVA VENTÍN LORENZO
Despacho laboralista Eva
Ventín
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